martes, 14 de marzo de 2017

El carnet de conducir

Yo tuve uno de estos.

No me considero en absoluto un gran conductor, y ni siquiera me gusta conducir. De hecho, vivo más feliz desde que no tengo coche. Sin embargo, una sabia decisión que tomé cuando cumplí los 18 (bueno, unos meses después) fue la de sacarme pronto el carnet de conducir.

Estaba en primero de carrera cuando me puse a eso, y debo confesar que me costó horrores. Mucha gente pensará que probablemente me saqué el teórico con la minga y que me atasqué horriblemente con el práctico. Yo lo habría pensado.

Pero no, la verdad es que fue más o menos al revés (al menos por la parte de atragantárseme el teórico). No fueron una, ni dos ni tres las veces que me examiné, sino que acabé por sacarlo al cuarto intento. Se me enquistó de mala manera y no conseguía aprobar el puñetero examen teórico ni a tiros.

"Pero si estudias Derecho, cómo no vas a poder con ese examen, que es de chichinabo", me decían. Y tal vez el problema fuera ese, que en vez de coger los tests de la autoescuela y aprendérmelos como un pajarito, que es lo que hacía todo el mundo, yo intentaba estudiarme el Código de Circulación, a bloque, y al llegar al examen me comía todas y cada una de las trampas semánticas. Horroroso.

Incluso el día que lo aprobé fue con un cierto concurso de la fortuna, pues quiso esta que me dejara los papeles en la autoescuela, tuviera que volver a por ellos y examinarme en segunda tanda, de tal manera que en el entreacto me encontré con una compañera de la universidad que me sopló unas cuántas preguntas, lo que probablemente me sirvió para aprobar, y justito.

Menos preocupaciones me dio el examen práctico. Cierto es que lo suspendí una vez, no por cagadas especialmente gordas, sino porque en líneas generales lo hice como el culo (mala idea examinarse con nervios), y la guinda fue calar el coche cuando ya había terminado el examen.

Al segundo fui con una actitud distinta, tratando de tener confianza en mí mismo y usando una de mis armas: la charlatanería. No dejé de rajar y rajar durante todo el examen, con un parloteo incesante que no me habría servido en caso de meter la pata gravemente, pero que servía para distraer levemente al examinador. A eso le sumamos que casualmente me tocó en el examen el mismo recorrido que había hecho el día anterior en clase y, ale-hop. In extremis pero aprobado. 

Era un peso que me quitaba de encima, gracias al cuál, a pesar de tener en la práctica poca experiencia (y siendo lo de conducir algo que procuro evitar a menos que no haya más remedio), a efectos oficiales tengo casi 10 años de carnet.
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